Por: Alonso Castro
La constancia del crecimiento humano es proporcional a aquello que el propio ser humano busca. Gracias a esa búsqueda, atravesamos diversas eras, las cuales dieron reglas impuestas para cada sociedad que han logrado describir a sus individuos de manera detallada y precisa a menos que un factor externo los corroa. En la actualidad, observamos diariamente principios de lo que hemos construido y formado como comunidad. Sin embargo, esta visión colectiva a menudo se encuentra distorsionada: se vuelve inexacta, polarizada y dispersa respecto del verdadero mensaje que quisimos transmitir. Es así como encontramos a los tres poderes del Estado: Legislativo, Judicial y Ejecutivo, pero en esta nueva era digital, a la que estamos parcialmente acostumbrados, ha surgido un cuarto poder: el informativo, pues quien controla la información, lo controla todo.
¿En realidad cuenta nuestra opinión pública?
En estos momentos, la polarización se hace muy presente en nuestra vida cotidiana más aún cuando los mismos sistemas de gobiernos no tienen la capacidad de diferir entre lo que se puede regular y lo que no. Es de esta manera que, una de cada tres personas en el mundo encuentra información engañosa en internet y el 76% de la población mundial reconoce que esta misma desinformación es utilizada como arma para influir en la opinión pública. La desinformación no es solo una estadística o definición es una situación que cada nación tiende a afrontar, es allí donde diferentes perspectivas salen a relucir, en especial de comunidades internacionales cuyo déficit de comprensión es baja pero puesta en acción alta, como lo es América Latina y el Caribe, en cuestiones de planes y programas (Nodio, LatamChequea, Chequeado).
¿Nuestro mayor error fue proveer comunicación?
Hace unos años se consideraba que la información era sinónimo de verdad, y lo que se leía, escuchaba o veía parecía suficiente para comprender el mundo y a sus ciudadanos. En la actualidad, tal certeza se ha desvanecido y en la nueva era digital, todo circula y se comparte a una velocidad inimaginable, la verdad se tiende a diluir entre titulares manipulados, imágenes alteradas y discursos diseñados para confundir. En nuestras regiones (América Latina), la educación mediática aún es limitada y la brecha digital persiste, por ende los efectos se amplifican más, tal es el caso de las elecciones de 2019, donde el mundo fue testigo de una ola masiva de desinformación desde campañas digitales hasta mensajes de odio que se propagaron por redes sociales, manipulando percepciones y polarizando a las sociedades como nunca antes. La desinformación ya no es un simple error, sino una estrategia, un arma silenciosa que moldea opiniones, divide sociedades y debilita democracias.
Tu verdad, mi verdad, ¿Nuestra verdad?
Ya no debatimos para entender, sino para ganar. En este clima, la verdad deja de ser un punto de encuentro y se transforma en un campo de batalla. Y cuando una sociedad olvida cómo dialogar, comienza a olvidar también cómo convivir como nación pues la palabra sigue estando contaminada. Como resultado, el sarcasmo, la ironía y la divulgación errada siguen a flor de piel y a pesar de los diversos programas y campañas de alfabetización mediática, se deduce, que para esta problemática no hay solución sin restricción. "Los jóvenes son el motor de la sociedad, encargados de impulsar hacia el futuro con energía y creatividad" Pero, ¿qué podríamos hacer cuando nuestro propio motor como sociedad está impulsado por mentiras, y el combustible a utilizar no es más que una mezcla tóxica de desinformación y desconfianza? En un entorno donde los hechos se distorsionan y las emociones se manipulan, la juventud que debería ser el faro del pensamiento crítico se convierte en el blanco más vulnerable.
¿Volveremos a confiar?
La verdad es inexacta, y a pesar de múltiples esfuerzos por parte de las democracias de diversas naciones y planes de contingencia interregionales, así como un manejo más amplio por parte de la DECO y la IACHR, la desinformación se ha convertido en un factor cotidiano. La situación concierne a ser mucho más difícil de resolver de lo que se había estimado hace unos años, puesto que las redes sociales y los medios digitales han potenciado la propagación de información falsa a una velocidad sin precedentes. En este contexto, combatir la desinformación no solo requiere de estrategias tecnológicas, sino también de un enfoque educativo, ético y colaborativo entre gobiernos, plataformas digitales y la sociedad civil.
La objetividad se diluye en medio del ruido digital, y el pensamiento crítico se vuelve un acto de resiliencia. Una que sienta las bases para una generación que deberá acostumbrarse a verificar acciones, búsquedas y opiniones, pues en un mundo lleno de desinformación, todo lo que tiendas a ver estará sesgado.
Tal vez el verdadero peligro no sea la mentira en sí, sino nuestra creciente indiferencia ante ella. Entonces, ¿qué valor tendrá la verdad cuando aprendamos a vivir cómodamente sin buscarla?
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